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El testimonio de Andrea visibiliza la recuperación tras un colapso de salud mental a los 60 años

Una paciente recuperada de cáncer de pecho traslada un mensaje sobre el agotamiento cerebral y la importancia de la atención psicológica en el momento en el que la vida deja de ser importante para tener como pensamiento rumiante la muerte

Hay dolores que dejan cicatrices visibles en el cuerpo y otros que corroen el alma desde dentro, en un silencio absoluto. Hablo con conocimiento de causa. A mis 60 años, conozco de cerca lo que significa enfrentarse a un diagnóstico de cáncer de pecho, sentir la incertidumbre, el miedo físico y el desgaste que conlleva la enfermedad. Sin embargo, cuando mi cerebro dijo basta y el agotamiento mental tomó el control, descubrí una dimensión de sufrimiento aún más oscura: la desesperación del propio pensamiento.

Intentar quitarme la vida no fue una decisión premeditada ni un acto de cobardía; fue la respuesta de un cerebro totalmente agotado. Cuando la mente se quiebra, la realidad se distorsiona hasta tal punto que la única salida que parece lógica es detener el dolor a cualquier precio. En aquel momento, la carga era tan aplastante que el deseo de dejar de sufrir anuló cualquier otro instinto. Desde mi experiencia directa, la parálisis y la oscuridad que genera un colapso mental de este nivel es, en muchos sentidos, una prueba más devastadora que la lucha contra una patología física.

A pesar de haber rozado ese límite, hoy estoy aquí para escribir sobre algo mucho más poderoso: la vida.

Hoy en día no celebro mi cumpleaños la fecha en que nací. Para mí, mi verdadera fiesta, el día en que celebro estar viva, es aquel en que volví a ver la luz; el día en que mi cerebro volvió a funcionar de forma correcta y yo tomé de nuevo el control de mi vida.

El proceso de recuperación no ocurre de la noche a la mañana, pero la luz vuelve. En mi caso, esa claridad se reencendió poco a poco, devolviéndome la capacidad de apreciar lo que antes la niebla me impedía ver. He vuelto a conectar con la ilusión, con las ganas de proyectar y, sobre todo, con el valor inestimable de las cosas pequeñas: el aire fresco de la mañana, una conversación pausada, la calidez de un abrazo o la simple tranquilidad de estar en paz.

La salud mental exige la misma atención, empatía y rigor que cualquier otra condición médica grave. Quienes atraviesan un sufrimiento psíquico extremo no necesitan juicios, sino escucha, apoyo profesional y tiempo para recuperarse.

Hoy, a mis 60 años, elijo vivir a tope. La vida, con todas sus imperfecciones y dificultades, sigue siendo el bien más valioso que poseemos. Reencontrar las ganas de estar aquí me ha enseñado que, incluso cuando la mente se apaga por completo, con el acompañamiento adecuado es posible encender de nuevo la luz, tomar las riendas y volver a disfrutar de cada instante.

Recuerda que ante cualquier situación de malestar emocional intenso o pensamientos autodestructivos existen recursos de ayuda gratuitos, confidenciales y disponibles las 24 horas: en España se puede contactar con el 024 (Línea de atención a la conducta suicida) o el 717 003 717 (Teléfono de la Esperanza); en otros países, se recomienda acudir a los servicios de emergencia o centros de salud locales.

Andrea Garcia. 

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