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El giro de 180 grados de Trump con España en el Air Force One

El presidente estadounidense pasa de exigir la ruptura comercial a alabar la generosidad de Sánchez tras un misterioso acuerdo financiero en la cumbre de la OTAN

Pocas cosas definen mejor la política exterior de la actual administración estadounidense que la imprevisibilidad como arma de negociación. Lo vivido en las últimas veinticuatro horas en el seno de la OTAN es un manual de libro sobre cómo Washington utiliza la presión pública para forzar concesiones de última hora. El objetivo esta vez fue Madrid, y el encargado de ejecutar la coreografía de cal y arena no fue otro que el propio inquilino de la Casa Blanca.

La tormenta estalló el miércoles en Bruselas de forma volcánica. Ante las cámaras y compartiendo estrado con el secretario general de la alianza, Mark Rutte, el mandatario estadounidense aireó sus frustraciones con el Ejecutivo de Pedro Sánchez sin ningún tipo de filtro diplomático. La escena rozó el esperpento cuando, en mitad de la comparecencia, se giró hacia su secretario del Tesoro, Scott Bessent, para ordenarle congelar de inmediato los intercambios comerciales con el país ibérico. Las palabras flotaron en la sala con el peso de una declaración de hostilidades: acusó a los españoles de ser «mala gente», tachó al país de «causa perdida» y reprochó con dureza que España es un aliado que ni participa ni paga.

Detrás de este estallido no solo latía la histórica queja estadounidense por el reparto de costes en defensa. La Moncloa y Washington arrastran un historial reciente de fricciones soterradas que van desde la negativa española a estirar el gasto militar hasta el 5% del PIB —una cifra que pulveriza los acuerdos previos del 2%— hasta los disensos profundos en política internacional, especialmente en lo tocante a la intervención en Irán, conflicto que el bloque europeo de la alianza no ha dudado en calificar de ilegal.

Sin embargo, el verdadero periodismo consiste en mirar lo que ocurre cuando las cámaras se apagan y los líderes suben las escalerillas de sus aviones. A miles de pies de altura, a bordo del Air Force One, el tono apocalíptico se evaporó.

Frente a los periodistas que cubren la información de la presidencia, el líder norteamericano rebajó la tensión con la misma facilidad con la que la había inflamado horas antes. Aseguró que España se había «redimido por completo» y calificó la actitud del Gobierno español de «muy generosa». El motivo del perdón presidencial, según sus propias palabras, fue la aceptación por parte de Madrid de una «solicitud de pago importante». Una frase cortante que resume su visión transaccional de las relaciones internacionales: si no hubieran pagado, sentenció, ni siquiera les estaríamos hablando.

La gran incógnita que ahora quita el sueño a los analistas en Madrid y Bruselas es la naturaleza exacta de ese compromiso financiero. Aunque ni la delegación española ni el entorno de la Casa Blanca han desglosado las cifras, todo apunta a que el equipo de Sánchez ha tenido que mover ficha in extremis en los presupuestos de defensa para evitar un castigo arancelario que habría congelado las relaciones comerciales con España.

Esta pirueta política demuestra que la diplomacia de la era Trump no se escribe en los tratados bilaterales firmados con pluma estilográfica, sino en la capacidad de resistir el pulso del miedo en el momento de máxima audiencia. España ha salvado los muebles comerciales y su estatus en el tablero atlántico, pero el coste de esa redención de última hora es una factura que los ciudadanos españoles tardarán en conocer al detalle.

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