La diplomacia vaticana también se ejerce a través de los sentidos, y esta semana la provincia de León ha logrado colocar su patrimonio más líquido y exclusivo en el epicentro de un encuentro histórico.
El Palacio Episcopal de Madrid se vistió de gala para albergar la cena oficial en honor a Su Santidad el Papa León XIV, con motivo de su visita apostólica a España. Tras un multitudinario encuentro con el mundo de la cultura en el Movistar Arena —donde el propio pontífice hizo alusión a la gastronomía como una de las expresiones culturales más elevadas del ser humano—, la mesa se convirtió en un reflejo de la excelencia identitaria del país.
Y allí, entre los elegidos, despuntó el viñedo leonés.
El menú, diseñado minuciosamente por la Real Academia de Gastronomía, fue concebido como un viaje sensorial por la diversidad de la despensa española. Sin embargo, el encargado de poner color, aroma y sofisticación a la velada fue un vino rosado con el sello inequívoco del Consejo Regulador de la Denominación de Origen León. Elaborado por la prestigiosa bodega Margón a partir de cepas de Prieto Picudo firmemente asentadas en los suelos de Pajares de los Oteros, el vino demostró el potencial internacional de esta variedad autóctona.
No fue la única joya de la provincia que desfiló por las copas reales.
La representación leonesa se completó con una terna de un nivel estratosférico. Junto al Trapera (una elaboración con crianza de la añada 2024 nacida de la variedad reina de la DO León), el servicio apostó por la genialidad berciana firmada por Raúl Pérez, elegido en dos ocasiones como el mejor enólogo del mundo y que también mantiene proyectos en Valdevimbre. De sus manos llegaron el Lhardy (un blanco godello de la añada 2024) y el Villegas 2023, un tinto mencía que aportó la elegancia y el carácter mineral del Bierzo al menú papal.
El desfile de platos estuvo a la altura del despliegue vitivinícola, articulando clásicos de la cocina tradicional con el mejor producto de las costas y dehesas españolas: centollo de Galicia, quisquillas de Motril, pescados frescos del Cantábrico y el aroma del jamón ibérico de Huelva, escoltados por bocados tan identitarios como el gazpacho, la ensaladilla o las croquetas de cocido.
Detrás de este engranaje gastronómico se esconde una conexión empresarial que nos devuelve el hilo directo con la provincia de León.
El servicio fue ejecutado por el histórico catering Lhardy, emblema de la restauración madrileña y propiedad del grupo Pescaderías Coruñesas. Este gigante de la distribución nacional de pescados y mariscos mantiene un arraigo inquebrantable con las tierras leonesas. Sus fundadores y actuales propietarios son descendientes directos de los antiguos arrieros de Combarros. Esos mismos lazos son los que hoy les llevan a desarrollar proyectos vitivinícolas en Pajares de los Oteros y San Esteban de Valdueza, además de cultivar en la huerta de la granja cenobial de Santullano las hortalizas ecológicas que nutren a sus restaurantes de Madrid (como Desde1911 o Filandón).
La Real Academia de Gastronomía cumplió con creces su objetivo: demostrar a León XIV que la mesa en España no es solo sustento, sino un vehículo de cultura, hospitalidad y arraigo a la tierra. Un arte en el que León, entre cepas centenarias y arrieros reconvertidos en reyes del Atlántico, ha vuelto a demostrar que juega en la liga de los elegidos.