Hay partidos de fútbol que se juegan en el césped y otros que se disputan, con idéntica tensión, en las butacas de cuero de la zona VIP. La inminente final del Mundial España Argentina, programada para este domingo a las 21:00 horas, ha dejado de ser un asunto estrictamente deportivo para transformarse en una cumbre política de alto voltaje. Con las diplomacias de varios países caminando por el alambre, el palco del estadio concentrará un morbo que va mucho más allá de quién termine levantando el trofeo de campeones.
El foco de todas las miradas internacionales está fijo en el inevitable reencuentro entre el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, y el mandatario estadounidense, Donald Trump. La relación entre ambos líderes nunca ha sido fluida, y el ambiente llega caldeado por la incógnita de si cruzarán un saludo protocolario ante las cámaras. Por si fuera poco, planea la posibilidad de que sea el propio líder republicano el encargado de entregar la copa a los capitanes en el césped, una foto que Moncloa miraría con lupa.
Sánchez pondrá rumbo al otro lado del Atlántico arropado por una delegación de confianza que incluye a los ministros Óscar Puente y Milagros Tolón. Sin embargo, en el avión presidencial habrá una ausencia obligada por las circunstancias judiciales: su esposa, Begoña Gómez, se queda en tierra al continuar con su pasaporte retirado por orden del juez.
Trump, fiel a su estilo impredecible, ha optado por jugar al despiste en las declaraciones previas a la gran cita. El magnate neoyorquino evitó mojarse por un favorito y deseó «buena suerte a España y Argentina el domingo». No obstante, no pudo contener los elogios hacia el despliegue técnico de la plantilla española tras apear a Francia en las semifinales, reconociendo que eran el rival a batir por la facilidad con la que estaban resolviendo sus cruces.
La gran sorpresa del palco de autoridades no es quién va a estar, sino quién ha decidido borrarse por pura cábala.
Esta fachada de cortesía contrasta de lleno con los exabruptos que el inquilino de la Casa Blanca ha dedicado a España en los últimos meses, llegando a calificar al país como una «causa perdida» y un «compañero horrible», arremetiendo con dureza contra la falta de liderazgo de Moncloa. Los roces no son solo retóricos; Washington llegó a amenazar veladamente con la expulsión de España de la OTAN tras las restricciones impuestas por Madrid al uso de las bases militares conjuntas durante la última crisis con Irán. Con todo, la tormenta con Trump suele amainar rápido: tras una breve charla informal con Sánchez en la última cumbre de la Alianza, el republicano cambió el guion para asegurar ante la prensa que España se había portado «de maravilla».
Javier Milei ha declinado la invitación oficial de la organización. El presidente argentino ha preferido quedarse en su residencia y ver el partido por televisión junto a su hermana, repitiendo exactamente el mismo ritual que le funcionó en la cita mundialista de hace cuatro años. Para Milei, romper la cábala por una foto protocolaria en Estados Unidos representa un riesgo que no está dispuesto a asumir.
En el lado opuesto de la balanza, la delegación institucional española mostrará su perfil más institucional. Los reyes Felipe y Letizia viajarán acompañados por la princesa Leonor y la infanta Sofía. Aunque el monarca ya arropó al equipo en la última Eurocopa junto a su hija menor, esta será la primera ocasión en la que los cuatro integrantes de la Familia Real coincidan de forma oficial en un partido de la selección masculina. Al despliegue se sumará, de manera imprevista, la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, que cruzará el palco tras recibir una invitación directa y personal del propio Donald Trump. Un ingrediente más para un cóctel geopolítico que promete tantas emociones como el balón.




