La desconexión empezó temprano, cuando el café aún estaba caliente. Eran exactamente las 9:20 horas de este domingo cuando las alertas encendieron las pantallas de la plataforma de monitorización Downdetector. Lo que al principio parecía el típico fallo de conexión local o un problema del operador telefónico, pronto mutó en un diagnóstico generalizado: la caída de Instagram y Facebook era una realidad global. Los feeds se congelaron, las historias dejaron de cargar y los muros se convirtieron en un páramo estático.
Durante la siguiente hora, el gráfico de incidencias escaló de forma vertical, dibujando una silueta idéntica a la de crisis anteriores de la compañía. El pico de fallos de Meta se registró en torno a las 10:30 horas. En ese momento, intentar abrir las aplicaciones era un ejercicio de frustración. El algoritmo se había detenido.
Como suele ocurrir en estos escenarios, el comportamiento de las herramientas de Mark Zuckerberg fue desigual. Una hora después del colapso, hacia las 11:30 horas, la aplicación de Instagram comenzó a dar señales de vida en España, recuperando la fluidez de manera progresiva. Sin embargo, su hermana mayor no corrió la misma suerte. El fallo en Facebook se prolongó durante más tiempo, dejando a los usuarios de la veterana red social en un limbo digital inusualmente largo.
En los despachos de la multinacional impera el silencio. Hasta ahora, Meta no ha emitido ningún comunicado oficial para explicar el origen del problema. No hay detalles sobre si se ha debido a un error en la actualización de sus servidores o a un problema en las rutas de enrutamiento (BGP), un fantasma técnico que ya les ha jugado malas pasadas en años anteriores. Esta falta de transparencia alimenta las especulaciones en el único ecosistema del gigante que ha logrado mantenerse en pie.
Sorprendentemente, la caída del servicio no afectó a WhatsApp. La aplicación de mensajería, que comparte infraestructura crítica con sus plataformas hermanas, operó con total normalidad. Los usuarios pudieron seguir enviando mensajes, notas de voz y archivos, convirtiendo a la app en el canal de evacuación donde millones de personas entraron a confirmar que, efectivamente, el problema no era de su Wi-Fi, sino de las redes sociales de Meta.

