Había una vez, en un pueblo donde las estaciones cambiaban con el ritmo de un reloj de arena, un joven llamado Elian. Elian era conocido por su habilidad para tallar madera; de sus manos nacían barcos que parecían listos para zarpar y aves que daban la impresión de ir a cantar. Sin embargo, un invierno crudo, una extraña sombra se instaló en su cuerpo. No era una enfermedad de las que van y vienen con un jarabe, sino un visitante silencioso y pesado: el dolor crónico.
Al principio, Elian luchó contra él como quien se enfrenta a un intruso en su propia casa. Pasaba los días enfadado, buscando remedios mágicos, pócimas y consejos de sabios que le devolvieran el cuerpo que solía tener. El dolor, lejos de marcharse, parecía alimentarse de su frustración, volviéndose más agudo, más presente. Hubo meses en que las gubias y los formones juntaron polvo en el taller, porque el simple hecho de cerrar el puño le parecía una montaña imposible de escalar.
Elian sentía que su vida se había detenido mientras el resto del mundo seguía corriendo. El dolor no le daba tregua; estaba ahí al despertar, lo acompañaba a comer y se sentaba al borde de su cama por las noches, impidiéndole el descanso. El joven se sumergió en un pozo de aislamiento, pensando que ya no tenía nada que ofrecer.
Una tarde de otoño, un viejo tejedor del pueblo llamado Mateo entró en su taller. Mateo no le preguntó cómo estaba, ni le dio un consejo médico. Simplemente se sentó, sacó un ovillo de lana tosca y llena de nudos, y empezó a trabajar.
—Este hilo es difícil —dijo Mateo, rompiendo el silencio—. Está lleno de imperfecciones, raspa las manos y a veces se enreda tanto que dan ganas de cortarlo y tirarlo.
Elian miró el ovillo y, con la voz apagada, respondió: —Así me siento yo. Como un hilo inservible.
Mateo sonrió con ternura y negó con la cabeza. —No, Elian. El hilo no es inservible, solo ha cambiado. Mira lo que estoy haciendo con él. Un hilo suave hace una manta bonita, pero este hilo fuerte y rústico hace una capa capaz de soportar las peores tormentas en la montaña. El secreto no está en esperar a que el hilo se vuelva perfecto, sino en aprender a tejer con lo que tienes.
Aquella frase se quedó flotando en el aire del taller: aprender a tejer con lo que tienes.
Al día siguiente, Elian no se levantó milagrosamente curado. El dolor seguía allí, punzante en la espalda y en las manos. Pero algo en su mente había cambiado. En lugar de gastar la poca energía que tenía en odiar al «visitante», decidió mirar alrededor. Cogió un trozo pequeño de madera de balsa, una madera blanda que requería poco esfuerzo, y una lija.
Ese día no talló un gran barco, pero pulió una pequeña piedra de madera hasta dejarla suave como la seda. Le tomó tres veces más tiempo del que solía tardar en el pasado, y tuvo que parar cada diez minutos a descansar, pero al terminar, sintió un calorcito en el pecho que hacía meses no experimentaba. Había vuelto a crear.
Con el tiempo, Elian desarrolló una nueva forma de vivir. Se volvió un maestro de la paciencia y de la autocompasión. Aprendió a leer su cuerpo: los días en que el dolor era un gigante rugiente, Elian se permitía descansar, leer o simplemente contemplar el paisaje sin culparse; los días en que el dolor era solo un murmullo, aprovechaba para volver a sus herramientas, adaptando los mangos con telas más gruesas para que no le lastimaran las manos.
Sus obras cambiaron. Ya no eran perfectas y simétricas como antes; ahora tenían grietas naturales, formas sinuosas que respetaban las vetas de la madera, figuras que transmitían una profunda calma y una belleza madura, nacida del esfuerzo. La gente del pueblo empezó a notar que las esculturas de Elian tenían «alma».
Elian descubrió la resiliencia no como el acto de vencer al dolor y volver a ser el de antes, sino como la capacidad de transformarse y florecer a pesar de él. El dolor nunca se marchó del todo, pero dejó de ser el dueño de su vida para convertirse, simplemente, en una circunstancia más del paisaje.
Moraleja
La resiliencia ante el dolor crónico o las dificultades persistentes no consiste en mantener una lucha eterna que nos agote, ni en esperar a que las circunstancias sean perfectas para volver a ser felices. Resiliar es aceptar la nueva realidad sin resignarse a perder la ilusión; es aprender a medir nuestras fuerzas, valorar los pequeños logros y entender que, aunque el hilo de nuestra vida se vuelva difícil y lleno de nudos, todavía podemos tejer con él una historia hermosa y llena de sentido.
Por Belen Aren (Asociación Activos y Felices)