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Las reservas naturales arden sin importar las fronteras del mapa

Casi un 30% de la superficie calcinada este verano pertenece a figuras protegidas, arrastrada por fuegos de sexta generación que la burocracia no sabe frenar.

El boletín oficial declara un Parque Natural, la cartografía institucional le pinta un perimétro verde resplandeciente y, sin embargo, el fuego devora la ladera exactamente con la misma ferocidad que en un pinar de producción. El último informe del Grupo de Ecología Aplicada y Teledetección (GEAT) de la Universidad de León acaba de tumbar cualquier espejismo: casi el 30% del terreno calcinado en lo que va de año se encontraba dentro de un espacio protegido.

De las casi 297.633 hectáreas reducidas a cenizas en todo el país hasta finales de agosto, más de 88.800 hectáreas contaban con algún tipo de amparo legal. Los Parques Naturales se han llevado la peor parte de esta embestida, acaparando cerca de 40.000 hectáreas destruidas. Le siguen los espacios integrados en la Red Natura 2000, que suman otras 25.560 hectáreas bajo el hollín. La tendencia, lejos de corregirse, empeora respecto al balance de 2025, cuando la afección a estas zonas se quedó en el 25,6%.

El ejemplo del Valle de Iruelas en Ávila hiela la sangre. Un incendio iniciado en Navaluenga engulló más de 42.000 hectáreas, penetrando hasta el corazón de esta Reserva Natural en el Sistema Central. Las estimaciones satelitales confirman que el 80% del enclave ha resultado afectado. El fuego no respeta decretos ni sellos de calidad ecológica; solo responde a la física del combustible, la sequía acumulada y vientos ingestionables.

Como recuerda el investigador José Manuel Fernández Guisuraga, cuando la meteorología se vuelve extrema, la continuidad de la vegetación convierte cualquier bosque en una autopista para las llamas. Pretender conservar la biodiversidad congelando el paisaje sin intervención humana es una receta para la catástrofe.

La respuesta no pasa por lamentarse ni por dar el ecosistema por muerto antes de tiempo. La masa forestal mediterránea posee resiliencia y mecanismos de rebrote, pero esos escudos se quiebran cuando la recurrencia o el calor son excesivos. Para evitar la desertificación, la ciencia empieza a imponerse al dogma. La recuperación del pastoreo extensivo, el mosaico agrícola tradicional y las quemas prescritas emergen como las únicas barreras reales frente a los súper incendios.

En esa línea de vanguardia destaca el desarrollo de la herramienta CROWNFIRE-AI, fraguada entre la universidad leonesa, la de Valladolid y la firma Vexiza. Mediante inteligencia artificial e imágenes satelitales, este sistema identifica qué zonas presentan condiciones idóneas para que el fuego salte a las copas de los árboles, la fase más letal y difícil de extinguir.

La lección que dejan las devastadoras campañas forestales es cristalina. O asumimos que la prevención implica gestionar activamente la biomasa de las áreas protegidas durante todo el año, o seguiremos asistiendo al espectáculo de ver cómo la burocracia verde se quema en el mismo altar que los árboles que prometió salvar.

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