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El dolor que la política banaliza tras el micrófono

El colectivo Prosvida exige desterrar el uso de la enfermedad como insulto en el debate público y reclama frenar el castigo económico a las bajas médicas por cáncer

Hay palabras que arrastran un peso específico tan descomunal que su mera pronunciación en un entorno clínico congela el aliento de toda una familia. Quienes transitan ese laberinto de incertidumbre y desgaste físico aprenden a marchas forzadas que la existencia se defiende con uñas y dientes en cada sesión de tratamiento. Por eso, el impacto psicológico es devastador cuando, al encender el televisor o repasar los periódicos, esa misma palabra que simboliza su batalla diaria es arrojada en los atriles parlamentarios como el peor de los insultos posibles para descalificar una ley, una gestión o al adversario de turno.

Cuando un cargo público utiliza con alegría el término cáncer como sinónimo de podredumbre, corrupción o maldad social, no solo demuestra una galopante falta de empatía; está cometiendo una profunda injusticia lingüística y humana. Se despoja a una dolencia médica real de su dimensión humana para convertirla en un arma arrojadiza orientada a arañar un puñado de votos. Detrás de ese término utilizado a la ligera en cómodos despachos, lo que hay en realidad son miles de hombres y mujeres en salas de espera de oncología, familias que contienen la respiración ante un cribado y colectivos como Prosvida (Próstata y Vida) que se dejan la piel para romper el silencio y reclamar prevención sanitaria.

Asociar un proceso biológico involuntario con lo más ruin de la sociedad genera un estigma sobre el paciente oncológico difícil de borrar, haciéndole cargar con una suerte de penalización moral. Resulta intolerable que esta agresividad verbal provenga precisamente de quienes gestionan o aspiran a gestionar la salud pública. Estar enfermo nunca es una elección, y tener que detener la actividad laboral para salvar la vida constituye un derecho y un acto estrictamente médico, no un fraude que ponga en riesgo la viabilidad del sistema.

La vulnerabilidad de estos hogares, sin embargo, no es solo emocional o lingüística; es crudamente material. El actual sistema de previsión social aplica un castigo económico inmediato en la nómina de los trabajadores que solicitan una incapacidad temporal. Estar enfermo en nuestro país cuesta dinero y destruye el poder adquisitivo familiar en el momento de mayor fragilidad. Desde el colectivo Prosvida se defiende una postura lógica pero desatendida por la administración: en lugar de recortar el salario a quien padece una dolencia de larga duración, la retribución debería incrementarse para amortiguar unos gastos domésticos que se multiplican exponencialmente entre desplazamientos, tratamientos complementarios y cuidados en el hogar.

La sociedad civil tiene la responsabilidad de reaccionar y exigir una evolución cultural similar a la que se logró al desterrar el lenguaje machista del debate formal. Si entendimos colectivamente que ciertas expresiones humillaban a las mujeres y normalizaban la violencia, es hora de aplicar idéntica sensibilidad con la salud. Utilizar un diagnóstico clínico para descalificar procesos políticos debe empezar a ser tratado como una conducta socialmente inaceptable y un síntoma de evidente atraso moral. La madurez de una democracia se mide en la forma en que protege y respeta a sus ciudadanos más vulnerables, no en cómo sus gobernantes mercantilizan el dolor ajeno para alimentar la crispación de la jornada.

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