Se acabó la pax romana en Fráncfort. Los que pensaban que la economía europea empezaba a ver la luz tras los peores años de la crisis energética se han topado de bruces con la cruda realidad de los mapas. La esperada subida de tipos de interés del BCE ya está aquí. Tras tres años de contención y un bloque absoluto desde el verano de 2025 en el 2,0%, el organismo que lidera Christine Lagarde ha decidido encarecer el dinero hasta el 2,25%. Un cuarto de punto que, sobre el papel, parece una minucia de economistas aburridos, pero que en la calle se traduce en el enésimo hachazo al consumo de las familias.
La culpa, cómo no, la tiene el mapa de Oriente Medio. Llevamos más de cien días con el corazón en un puño por la escalada bélica en Irán. El problema es que cuando esa región estalla, los tubos del petróleo tiemblan en el viejo continente. El cierre patronal de facto en el estrecho de Ormuz ha empujado al barril de Brent por encima de los 100 dólares. Si sumamos esto a la herida abierta en Ucrania desde 2022, tenemos la tormenta perfecta: un brutal cuello de botella logístico que encarece el gas, el cemento y el café que te tomas por la mañana. Fráncfort ha entrado en pánico ante un estancamiento económico evidente y ha sacado el viejo manual de instrucciones.
Sacar los libros de texto cuando la casa está en llamas
La receta oficial de la eurozona ante la inflación es inamovible, casi sagrada. Por eso el Consejo de Gobierno no se ha quedado corto y ha subido también las operaciones de financiación al 2,4% y la facilidad marginal de crédito al 2,65%. Quieren enfriar la economía. La lógica detrás de esto es tan antigua como la moneda misma: si pedir un crédito cuesta más y mantener la tarjeta de crédito tiembla, la gente compra menos y los precios bajan.
Pero claro, la teoría económica tradicional tiene un fallo de fábrica cuando se enfrenta al mundo real. ¿De verdad la culpa de que todo esté caro es que los europeos gastamos por encima de nuestras posibilidades? Los datos dicen lo contrario. Nos enfrentamos a un frenazo del crecimiento provocado por la incertidumbre, no a una fiesta de consumo descontrolado. Subir las tasas de interés es una medicina amarga que debilita el ahorro doméstico y encarece las hipotecas, mientras los verdaderos culpables del desaguisado —los señores de la guerra y los especuladores del crudo— siguen a lo suyo.
El choque con el huracán Donald Trump
Para añadir más leña al fuego global, el movimiento europeo ha cruzado el Atlántico provocando cortocircuitos en la Casa Blanca. Donald Trump tiene planes radicalmente opuestos para su economía. El mandatario estadounidense ha purgado la cúpula de la Reserva Federal para colocar a un gobernador afín que baje las tasas de inmediato. Washington quiere dinero barato para estimular el empleo y el consumo interno, importándole bastante poco el equilibrio monetario del euro. Es el eterno choque de trenes entre la obsesión del crecimiento americano y el pánico a la inflación de Europa.
Este escenario ha reactivado una guerra de guerrillas entre las escuelas de pensamiento económico. Los sectores más heterodoxos claman al cielo ante la última decisión del banco central. Sostienen que estamos ante un clásico shock de oferta. Las cosas no suben porque la demanda esté desbocada, sino porque los recursos energéticos escasean por cuestiones geopolíticas.
Frenar la actividad económica de la ciudadanía para solucionar un problema que se gesta en los buques de carga de Ormuz parece, cuanto menos, un diagnóstico equivocado. Es como intentar arreglar un motor roto apretando las tuercas de los asientos. El BCE ha optado por mantener intacta su reputación de guardián de la ortodoxia, pero la gran duda que queda flotando en el aire es si esta subida de tipos de interés del BCE servirá para contener el coste de la vida o si, por el contrario, terminará de congelar una economía europea que ya caminaba tiritando.