Hay fechas en las que la historia deja de ser un fajo de papeles polvorientos en un archivo y sale a la calle a reclamar su lugar. Este sábado, León no es solo una capital de provincia; vuelve a ser la sede del mayor reino de la cristiandad del siglo XII. Nueve siglos han pasado desde que un joven Alfonso VII, tras la muerte de su madre, la reina Urraca I, asumiera el trono bajo la implacable máxima medieval de «a rey muerto, rey puesto».
La Muy Ilustre Cofradía del Pendón de Baeza, una institución que hunde sus raíces en las mismísimas campañas de la Reconquista de 1147, ha decidido que los 900 años de aquella coronación real no pueden pasar como una efeméride más. Es un acto de justicia histórica con el hombre que llegó a firmar como Imperator Totius Hispaniae.
De San Isidoro a la Catedral: un viaje de nueve siglos
El epicentro de la conmemoración arrancará con el misticismo que solo León sabe desplegar cuando se lo propone. A las 19:30 horas, una comitiva cívica compuesta por las Ilustres Damas y Caballeros Cofrades partirá desde la Real Colegiata de San Isidoro. El desfile, escoltado por enseñas históricas y autoridades, avanzará hacia la Catedral al ritmo que marque la Sección Musical de la Cofradía del Santo Cristo del Desenclavo.
Será el preludio de lo que promete ser un acontecimiento litúrgico y cultural de primer orden. A las 20:00 horas, el altar mayor de la Pulchra Leonina acogerá una solemnísima misa Te Deum de coronación. El acto no escatima en relevancia eclesiástica: estará presidida por el obispo de Córdoba, Monseñor Jesús Fernández González, flanqueado por el pastor de la diócesis leonesa, Luis Ángel de las Heras, el vicario general Luis García Gutiérrez y el deán Florentino Alonso. Los acordes del órgano de Carlos F. Bollo y la Capilla de Música de la Catedral pondrán la banda sonora a un rito que no se vivía con esta pompa desde la Edad Media.
El peso de la Rosa de Oro
Celebrar a Alfonso VII es celebrar el momento en que el Viejo Continente miró a León con respeto reverencial. No fue un rey cualquiera; sus conquistas, que llevaron las fronteras de su imperio hasta el mismísimo mar Mediterráneo tras la toma de Almería, le valieron el reconocimiento directo de los Estados Pontificios. El Papa Eugenio III le otorgó la mítica Rosam Auream (la Rosa de Oro) en 1148, consolidando su liderazgo en la Europa de las Cruzadas.
Los organizadores han querido recordar que este homenaje no es un club privado para la nobleza o los expertos en heráldica. Las puertas de la Catedral de León estarán abiertas de par en par para todos los ciudadanos que quieran presenciar el tributo. Nuevecientos años después, el grito de la historia vuelve a resonar en las naves góticas: León, ciudad imperial.