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La primera regla de la empresa: atrévete a ser tú

La desconexión entre los valores corporativos y la autenticidad de los empleados condiciona la detección de errores y el funcionamiento de las organizaciones.

Hay una escena que se repite cada mañana. Te levantas, desayunas, miras el móvil y sales hacia el trabajo. Y, en algún momento del trayecto, ocurre algo curioso: dejas de ser tú y empiezas a ser tu versión profesional.
Contestamos “todo bien” aunque todo vaya regular. Decimos “interesante reflexión” cuando pensamos “esto no tiene ningún sentido”. Y asentimos ante un PowerPoint interminable mientras nuestro cerebro contempla seriamente montar un chiringuito en Cádiz.
Y así construimos un personaje.
Por eso la película El club de la lucha nos presenta una magnífica metáfora sobre la identidad. Su protagonista tiene una vida aparentemente correcta, pero algo no funciona. Hasta que aparece Tyler Durden. Tyler es todo lo que él no se permite ser: espontáneo, irreverente, seguro y libre.
Hasta que descubrimos que Tyler es él. Su alter ego. La versión de sí mismo que llevaba
demasiado tiempo encerrada.
Sin necesidad de fabricar jabón ni organizar peleas clandestinas en la oficina — Recursos Humanos tendría algo que decir—, en la empresa convivimos bastante más con Tyler Durden de lo que queremos reconocer.
Todos tenemos un pequeño Tyler en las reuniones. Esa voz que piensa “esto no va a funcionar”, mientras nuestra boca responde: “Me parece una línea muy interesante”.
Porque hemos aprendido a interpretar nuestro personaje.
Y ahí surge una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando existe demasiada distancia entre la persona que somos y la que representamos? También las empresas tienen doble identidad. Está la de la web corporativa, llena de propósito, innovación, confianza y personas extraordinariamente felices escribiendo cosas en pósits. Y está la empresa real, la de un martes cualquiera a las 9:17 de la
mañana.
Porque la cultura no son los valores escritos en recepción. Es lo que ocurre cuando alguien contradice al jefe, cuestiona una decisión o reconoce que se ha equivocado.
Quizá necesitemos un poco de Tyler Durden en nuestras organizaciones. No el violento y destructivo —ese mejor dejarlo en la película—, sino el que cuestiona convenciones y deja de buscar permanentemente aprobación.
Necesitamos personas capaces de decir: “No lo sé”, “no estoy de acuerdo” o “me he equivocado”. Eso sí, ser auténtico no significa convertir cada reunión en nuestro propio Club de la Lucha. La autenticidad sin empatía muchas veces se llama mala educación.

El reto es crear empresas donde las personas puedan adaptarse sin dejar de ser ellas mismas. Porque muchos problemas empresariales no nacen de que nadie conociera el problema, sino de que alguien lo conocía y no se atrevió a decirlo.
En «El club de la lucha», descubrir quién eres resulta bastante traumático. Nosotrospodemos intentarlo sin sótanos, peleas ni fabricar jabón.
Y hacernos una pregunta: ¿cuánto de quien soy en el trabajo soy realmente yo y cuánto es el personaje que he aprendido a interpretar?
Quizá esa debería ser nuestra primera regla. Aunque, a diferencia del Club de la Lucha, de esta sí deberíamos hablar.

Opinión. Natalia Escanciano. Abogada. Experta en Relaciones Laborales y Empresa + Positiva

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