El reloj de la pared del modesto local de la ONG marcaba las siete y media de la tarde. Las sillas, dispuestas en un perfecto círculo, seguían vacías. Al frente estaba Susana, la presidenta. Había pasado las últimas tres semanas robándole horas al sueño para organizar la gala benéfica anual, en esta ocasión con forma de obra de teatro. Su motor siempre había sido claro: una empatía profunda y una visión inquebrantable del impacto positivo que podían lograr en la sociedad y en los propios participantes. Como muchas Personas Altamente Sensibles (PAS), Susana era el corazón de la entidad.
Pero esa tarde, el corazón le latía con una angustia sorda. Al desinterés sistemático de algunas personas del equipo por asistir a las reuniones se le acababa de sumar algo mucho más oscuro, algo que hizo que su teléfono vibrara sobre la mesa con la frialdad de un cuchillo.
Era un mensaje de Adelina, una de las miembros más antiguas de la asociación.
El texto no era una disculpa por su ausencia, sino un chantaje abierto. Adelina exigía que la gestión de los proveedores de la gala se le adjudicara a la empresa de su cuñado, obteniendo él un claro beneficio económico encubierto. El mensaje terminaba con un ultimátum: «O lo hacemos a mi manera, o me encargaré de que los demás socios bloqueen la votación y boicoteen el evento. Tú decides si quieres que la asociación se hunda».
En ese instante silencioso, frente a la pantalla iluminada, Susana experimentó una implosión emocional.
El cortocircuito: La sobrestimulación ante el fuego amigo
Para la mente de Susana, aquella amenaza no era un simple obstáculo de gestión. Su cerebro de alta sensibilidad procesaba la hostilidad con una intensidad abrumadora. El sistema nervioso de Susana entró en alerta máxima. Ante la violencia verbal y la manipulación de Adelina, experimentó un bloqueo absoluto (freeze). Su capacidad para responder en ese segundo se congeló por el intenso y físico malestar que le producía el conflicto destructivo.
El cristal roto: La herida de la deslealtad
Mientras recogía sus carpetas sola en aquel local vacío, algo se fracturó en su interior. Para ella, la ONG no era un negocio; era un pacto de confianza basado en valores compartidos. Que Adelina intentara imponerse a costa de una actividad solidaria, y que usara el chantaje para lograrlo, era una traición profunda a los principios que ella defendía. La hiper-responsabilidad de Susana chocó de frente con la desidia y la avaricia ajena. Aquella noche, a punto del agotamiento, se cuestionó por primera vez si valía la pena seguir luchando.
El aislamiento y el retiro estratégico
Durante los tres días siguientes, Susana no contestó al mensaje de Adelina. Ella, desde su ignorancia, confundió el silencio de la presidenta con sumisión. Creyó que la había doblegado.
Pero ignoraba el mayor superpoder de una Persona Altamente Sensible: el procesamiento profundo de la información. Mientras Adelina celebraba su supuesta victoria, Susana se había replegado en su «castillo de hielo», aislando el ruido emocional para dejar paso a una mente analítica formidable. Analizó los estatutos, revisó los presupuestos y ató cabos. En el silencio de su aislamiento, la angustia mutó en claridad.
El despertar: La creación del Plan B
Susana comprendió una verdad liberadora: la misión de la ONG era mucho más grande que el ego de Adelina, y en una organización impulsada por el corazón, nadie es imprescindible.
Si el formato original de la actividad dependía de personas que solo buscaban su propio beneficio o que brillaban por su apatía, el formato debía morir para que el propósito sobreviviera. Susana diseñó un «Plan B» milimétrico. Redujo la escala del evento, eliminó la necesidad de los «chantajes externos» que Adelina quería imponer, y contactó en privado solo a tres voluntarios externos de su absoluta confianza para sacar adelante una versión más modesta, pero cien por cien ética, de la actividad.
La «mano dura» desde la sensibilidad
Llegó el gran dia. Adelina se sentó con una sonrisa confiada, esperando que Susana capitulara públicamente.
Pero la mujer que tomó la palabra no era la víctima sobrepasada que ella esperaba. Susana no alzó la voz. No hubo drama, reproches ni lágrimas; eso habría sido sobreestimulante e ineficaz. Con una frialdad administrativa que dejó a la sala enmudecida, Susana proyectó las nuevas condiciones de la actividad.
—»Dada la falta de disponibilidad de la junta y los conflictos de intereses recientes que van contra nuestras normativas internas,» —dijo Susana, mirando a Marcos a los ojos con una firmeza de hierro—, «he activado un Plan B. La obra queda cancelada. En su lugar, haremos un evento de formato reducido que gestionaré directamente con un equipo independiente. Ningún miembro de esta mesa tendrá acceso a los fondos ni poder de decisión sobre esta actividad. Quien no esté alineado con la ética de la organización, tiene la puerta abierta».
Adelina intentó interrumpir, pero se encontró ante un muro inquebrantable de datos, normativas y una determinación absoluta. El chantaje había fracasado porque Susana había eliminado de raíz la necesidad de contar con ella.
La moraleja del escudo de acero
El programa siguió adelante y fue un éxito. Aquel día, la ONG aprendió una lección vital: el liderazgo de una PAS no es frágil. Aunque al principio pueda sufrir profundamente ante la injusticia, posee una capacidad analítica y una resiliencia formidables para proteger lo que realmente importa.
Intentaron utilizarla, acorralarla usando el miedo, pero descubrieron, demasiado tarde, que debajo de esa sensibilidad latía una estratega capaz de cortar por lo sano, reorganizar el tablero y salvar la misión con una firmeza implacable.