A Pedro Sanchez hay que reconocerle algo sin pestañear: su capacidad de supervivencia roza lo místico. Donde cualquier político vería un abismo infranqueable, él intuye una repisa, se agarra con las uñas y termina improvisando una mayoría. Es una máquina táctica invencible en el corto plazo. El problema es que gobernar un país no es jugar una partida eterna de ajedrez rápido en la cafetería del Congreso; es construir algo que permanezca cuando se apaguen los focos.
En estos años de hipergestión del relato, hemos asistido a una mutación peligrosa. La astucia, una virtud apreciable en la trinchera electoral, ha terminado devorando por completo la empatía hacia el ciudadano que piensa. Se nos pide aplaudir giros de guion inverosímiles bajo el paraguas del “pragmatismo”, como si cambiar de principios a mitad de semana fuera un mero trámite administrativo. Y si te atreves a dudar —si pides un mínimo de coherencia entre lo que se prometió ayer y lo que se vota hoy— la maquinaria oficial te coloca de inmediato en la acera de enfrente, etiquetado como enemigo o nostálgico.
Esa es la verdadera factura de la polarización. Nos han encerrado en un relato de buenos y malos tan masticado que resulta insultante para cualquiera que conserve dos dedos de frente. La comunicación institucional ha sustituido el argumento por la consigna rápida, administrada por un batallón de asesores que filtran la realidad hasta volverla irreconocible. Cuando un líder percibe cualquier discrepancia como una afrenta personal, rompe el cable a tierra que lo conecta con la calle real, esa que no vive de eslóganes ni de la trinchera diaria.
Ganar una votación por la mínima se le da de maravilla a Sánchez. La pregunta incómoda que flota en el aire es qué queda de las instituciones después de cada embestida táctica. La estatura de un estadista no se mide por la cantidad de tempestades que logra esquivar, sino por la tranquilidad con la que deja el país cuando amaina la tormenta. Y hoy, lamentablemente, lo que se respira no es épica de resistencia, sino una profunda y agotadora fatiga democrática.
Opinión. Isidro Alvarez


