La diplomacia internacional se ha levantado hoy con un nuevo terremoto. En un momento en el que el mundo mira con contención y angustia hacia Oriente Próximo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha decidido echar más leña al fuego de las alianzas occidentales. Lejos de buscar la cohesión en tiempos de crisis, el mandatario ha lanzado un ataque frontal contra sus propios aliados de la OTAN, tachándolos sin miramientos de «cobardes».
El motivo de este estallido es la negativa europea a sumarse a la ofensiva militar contra Irán. Para Trump, la situación es una hipocresía intolerable: mientras los ciudadanos y gobiernos occidentales sufren y se quejan del drástico aumento en los precios del petróleo, miran hacia otro lado cuando se trata de asegurar el paso de crudo.
Un «tigre de papel» frente al estrecho de Ormuz
A través de su plataforma Truth Social, Trump ha dibujado un escenario en el que Estados Unidos asume todo el peso bélico mientras Europa observa desde la grada.
«Ahora que esa batalla está ganada militarmente, con muy poco peligro para ellos, se quejan de los altos precios del petróleo que se ven obligados a pagar, pero no quieren ayudar a abrir el estrecho de Ormuz», escribió el presidente.
Según el líder estadounidense, desbloquear esta arteria vital para el comercio mundial sería «una simple maniobra militar». Su frustración culminó con una frase que resonará durante mucho tiempo en los pasillos de Bruselas: «¡Sin EEUU, la OTAN es solo un tigre de papel!».
La advertencia final, un amenazante «¡COBARDES, nosotros lo RECORDAREMOS!», no es solo retórica vacía. Llega justo cuando tres fuentes oficiales del Pentágono confirman a diversos medios que Washington planea desplegar miles de soldados adicionales en la región, asumiendo una vez más el rol de policía global en solitario.
Fuego cruzado: Teherán, Beirut y el fantasma de una invasión terrestre
Mientras los despachos occidentales cruzan reproches, la realidad sobre el terreno sigue cobrándose vidas y destruyendo futuros. La madrugada de este viernes ha vuelto a ser un infierno para la población civil y las fuerzas militares en Oriente Próximo.
Israel ha lanzado una potente oleada de ataques directos contra «el corazón de Teherán», en represalia por las cuatro andanadas de misiles que Irán disparó contra Jerusalén cerca de la medianoche. El saldo de este intercambio de golpes ha sido de alto impacto: la Guardia Revolucionaria iraní ha confirmado la muerte de su portavoz, Ali Mohammed Naini, en uno de los bombardeos israelíes.
Pero la noticia que verdaderamente hiela la sangre a los analistas internacionales la dejó caer anoche el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. En unas declaraciones que parecían calculadas al milímetro, insinuó que la guerra aérea ya no es suficiente. «No se puede hacer una revolución desde el aire […] tiene que haber también un componente terrestre», sentenció.
Estas palabras abren la puerta a lo que hasta hace poco parecía impensable: el envío de tropas terrestres israelíes a suelo iraní. Todo esto ocurre mientras las Fuerzas de Defensa de Israel amplían su radio de acción bombardeando Beirut y el sur de Líbano, e Irán, lejos de amedrentarse, continúa hostigando a otros países del Golfo.
El tablero global nunca había estado tan frágil en lo que llevamos de siglo. Entre los gritos de «cobardía» en Occidente y el sonido de las sirenas antiaéreas en Oriente, la paz parece, hoy más que nunca, un espejismo lejano.