En los últimos años, la sociedad española ha pasado de consultar el tiempo para planificar el fin de semana a vivir pendiente de un sistema de alertas que, con excesiva frecuencia, parece sobredimensionado. Lo que nació como una herramienta de seguridad pública se está convirtiendo, a ojos de sectores logísticos, culturales y laborales, en una fuente de parálisis económica alimentada por el miedo institucional.
La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) se enfrenta a un dilema complejo, pero el resultado de sus predicciones más conservadoras es tangible: camiones parados en las cunetas, rodajes de cine suspendidos, ferias locales canceladas y una sensación de peligro inminente que, en demasiadas ocasiones, termina en una tarde de sol o una lluvia ligera que no justifica el cierre de una ciudad.
El sector del transporte: la primera víctima
El impacto en la cadena de suministro es inmediato. Cuando se emite una alerta roja o naranja, las rutas logísticas se alteran. Transportistas que trabajan con márgenes de tiempo estrechos se ven obligados a detenerse por protocolos de seguridad que, si bien son necesarios en casos extremos, se aplican ahora de forma casi sistemática ante cualquier probabilidad mínima de riesgo.
«Ya no trabajamos con el cielo, trabajamos con el miedo a la multa o a la responsabilidad civil», comentan voces del sector. El conocimiento del terreno y la experiencia del profesional están siendo desplazados por un algoritmo de prevención que no distingue entre una tormenta histórica y un chubasco intenso.
Una sociedad en estado de alerta permanente
El problema de «gritar lobo» con demasiada frecuencia es doble. Por un lado, el impacto económico directo: la cancelación de un evento al aire libre o el cierre preventivo de un parque público supone pérdidas que nadie asume. Por otro lado, el agotamiento psicológico. Una sociedad que vive bajo alerta meteorológica constante termina por desensibilizarse ante el peligro real o, peor aún, por desarrollar una ansiedad colectiva innecesaria.
Estamos ante un cambio de paradigma profesional. Arquitectos, organizadores de eventos y jefes de logística ya no toman decisiones basadas en la observación técnica, sino en el blindaje legal. Si la AEMET dice «naranja», se cancela todo. No porque el riesgo sea real, sino porque nadie quiere ser el responsable si ocurre el más mínimo incidente.
El reto de recuperar el rigor
La meteorología es una ciencia de probabilidades, no una certeza absoluta. Sin embargo, la comunicación de esa ciencia se ha vuelto punitiva. Es necesario exigir a los organismos oficiales una mayor precisión y una calibración de las alertas que tenga en cuenta el pulso real de la vida laboral.
La seguridad es innegociable, pero una sociedad que deja de funcionar ante la posibilidad de lluvia es una sociedad que ha sustituido el conocimiento científico por el pánico administrativo. La ciencia debe servir para que el mundo siga girando con seguridad, no para detenerlo por si acaso.
Opinión: Belén Arén