La ganadería europea afronta un reto estructural: recortar su dependencia de materias primas importadas para alimentación animal, especialmente soja y aceites vegetales como el de palma, vinculados a impactos ambientales relevantes. En ese escenario, una alternativa gana terreno con paso firme: insectos para alimentar al ganado.
Desde León, el Instituto de Ganadería de Montaña (IGM, CSIC-ULE) se ha convertido en uno de los focos científicos que más está empujando esta línea. Sus estudios, centrados sobre todo en rumiantes, apuntan a una conclusión clara: los derivados de insectos pueden funcionar como ingredientes viables, con beneficios productivos, nutricionales y ambientales.
Del “tabú” al laboratorio: por qué ahora
El interés científico por los insectos como ingrediente alimentario se ha disparado en la última década. El impulso llegó cuando se empezó a valorar su potencial para aportar proteína y grasa con una huella ambiental menor, y con la ventaja adicional de poder producirse de forma más local y flexible.
En Europa, su entrada más directa se está dando a través de la alimentación animal. Y ahí, el IGM ha puesto el acento en una pieza menos mediática pero decisiva: los aceites de insectos.
El valor del aceite de insectos: una vía “rápida” para rumiantes
Mientras gran parte de la investigación mundial se ha centrado en harinas, el IGM ha reforzado el foco en la fracción lipídica. El motivo es práctico: en Europa, los aceites de insectos están permitidos en la dieta de rumiantes, a diferencia de algunas harinas, lo que acelera su aplicación.
Según explica el investigador del CSIC en el IGM Pablo Gutiérrez Toral, el interés es doble: reducir la huella ambiental y, al mismo tiempo, modular la calidad nutricional de leche y carne ajustando el perfil de ácidos grasos de la dieta.
Algunas especies destacan por su composición:
-
Mosca soldado negra (Hermetia illucens): rica en ácidos grasos saturados de cadena media, similar a aceites como coco o palmiste.
-
Gusano de la harina (Tenebrio molitor): con un perfil más parecido a colza, soja o girasol, por su riqueza en oleico y linoleico.
Además, su composición puede afinarse variando el sustrato de cría, lo que convierte estos aceites en ingredientes versátiles.
Resultados en ovejas: sustitución del aceite de palma sin perder rendimiento
Uno de los trabajos del IGM evaluó la sustitución del aceite de palma por aceite de mosca soldado negra en ovejas Assaf. El ensayo mostró un dato clave: reemplazar el 2% de la materia seca del pienso mantuvo inalterado el alto nivel de producción de leche, sin cambios relevantes en eficiencia alimentaria ni en la fermentación ruminal.
En un análisis posterior, el instituto observó otro punto de interés: el aceite de insecto modificó la grasa de la leche, con un patrón que aumentaba algunos ácidos grasos considerados beneficiosos y reducía otros, sin perjudicar la producción ni la calidad general.
Ensayo internacional con vacas: casi un litro más al día
La investigación dio un salto con un ensayo internacional de 50 días junto a la Universidad de Turín (Italia). En ese trabajo se sustituyó aceite de palma hidrogenado por aceite de mosca soldado negra. El balance fue positivo: no se detectaron efectos negativos en digestión ni en la composición ruminal, y la producción lechera aumentó en casi un litro diario.
Para el equipo, el resultado refuerza una idea: insectos para alimentar al ganado no es solo una propuesta “verde”, sino una opción con recorrido real si se escala de forma segura y rentable.
Tenebrio molitor: otra opción local comparable a la soja
El IGM también ha evaluado el aceite de Tenebrio molitor en estudios in vitro con raciones típicas de corderos de cebo y ovejas lecheras. En esas pruebas, el aceite se comportó de forma similar al aceite de soja o a destilados de palma, sin afectar la digestión ni la fermentación ruminal. La lectura es clara: podría ayudar a sustituir lípidos importados menos sostenibles y, a la vez, mejorar el perfil graso de los productos.
No solo aceite: quitina y quitosano como “moduladores” del rumen
Más allá de grasas y harinas, el instituto explora subproductos como quitina y quitosano (procedentes de T. molitor). En cultivos ruminales in vitro se observaron cambios ligeros —como menor producción de gas y variaciones en ácidos grasos— sin afectar la digestión global. El siguiente paso pasa por afinar dosis y trasladar el análisis a estudios en animales para confirmar su utilidad como moduladores de la microbiota ruminal.
Qué cambia para el sector: menos dependencia y más margen estratégico
El trasfondo es económico y ambiental. Si Europa logra sustituir parte de la soja y aceites importados por ingredientes alternativos producidos cerca, gana resiliencia, reduce exposición a volatilidad de precios y recorta impactos asociados a cadenas largas de suministro.
En ese tablero, el trabajo del IGM (CSIC-ULE) coloca a León en un punto estratégico: la evidencia científica ya avala la viabilidad productiva, nutricional y ambiental de estos ingredientes, con resultados que abren la puerta a su adopción progresiva.