La política, a veces, se resume en un tablero de ajedrez donde las piezas que más sufren son las que están más lejos del centro. En León, el «no es no» del Gobierno al regreso del tren de FEVE a la estación de Matallana no es solo una discrepancia técnica sobre raíles o autobuses eléctricos; es, en la práctica, un torniquete al flujo vital que conecta la Montaña Oriental con el corazón de la capital.
El comercio del centro: un cliente que no llega
El pequeño comercio de las calles Padre Isla, Ramón y Cajal o Santo Domingo no compite solo contra las grandes superficies o el gigante de Amazon; compite contra la distancia. Durante décadas, el FEVE fue un «ascensor horizontal» que depositaba a cientos de potenciales clientes en el centro mismo de León. Eran vecinos de Boñar, Cistierna o Matallana que venían a comprar, a ir al médico o a realizar gestiones, y que terminaban consumiendo en nuestra hostelería.
Al romper esa conexión directa y obligar a un trasbordo incómodo en la periferia, el mensaje que se envía al ciudadano es claro: «No vengas». Cada usuario que el FEVE pierde —y ya han caído cientos de miles desde 2010— es una venta menos para un negocio local que ya lucha por sobrevivir. El centro de León corre el riesgo de convertirse en un escaparate sin espectadores si le cortamos sus arterias de acceso.
La montaña: el derecho a no ser invisible
Pero si en la capital hablamos de facturación, en la montaña hablamos de supervivencia. La despoblación no se combate con eslóganes, se combate con servicios. Cuando el Estado argumenta «falta de rentabilidad» para no invertir en la llegada del tren al centro, comete un error de base: un servicio público de transporte en una provincia envejecida y dispersa no debe ser rentable en el balance contable, sino en el balance social.
Si el tren no llega al centro, el joven de la montaña no puede estudiar en la capital con facilidad, el mayor no puede acudir a su especialista sin depender de un coche que quizá ya no conduce, y el turista descarta una ruta que se vuelve farragosa. Dejar morir el FEVE es, paso a paso, invitar a los últimos habitantes de nuestros valles a hacer las maletas.
La Cada usuario que el FEVE pierde —y ya han caído cientos de miles desde 2010— es una venta menos para un negocio local que ya lucha por sobrevivir. El centro de León corre el riesgo de convertirse en un escaparate sin espectadores si le cortamos sus arterias de acceso.
Es dolorosamente irónico que, en la era de la sostenibilidad y el discurso de la «España Llena», se bloqueen tecnologías como el hidrógeno o las baterías para León, mientras se nos condena a un parche en forma de autobús eléctrico que nunca tendrá la capacidad tractora de un tren.
La estación de Matallana no es un capricho nostálgico; es una infraestructura estratégica. Sin ella, León pierde su pulmón comercial y la montaña pierde su cordón umbilical. Si permitimos que el tren se detenga antes de llegar a su destino, lo que realmente se estará deteniendo es el futuro de media provincia.
