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El fenómeno ‘Comuni-can’ convierte al perro en la mejor antítesis de la soledad urbana

Julio García Gómez, experto en habilidades de comunicación, bautiza la nueva red de relaciones sociales que nace en los parques a través de las mascotas

Hay un antídoto inesperado contra la epidemia del aislamiento urbano que no se vende en farmacias ni requiere aplicaciones móviles. Bastan una correa, un par de paseos a horas fijas y la presencia de un animal con ganas de olfatear el entorno. Lo que para muchos comienza como una obligación doméstica se convierte, casi sin darse cuenta, en el billete de entrada a una comunidad informal que devuelve la conversación a la calle.

El experto en comunicación social y docente de la Fundación Casaverde, Julio García Gómez, ha puesto nombre a esta dinámica: ‘Comuni-can’. El concepto define el canal de relación interpersonal que se activa de forma espontánea cuando los dueños de mascotas coinciden en parques, plazas y aceras. En un contexto donde la soledad no deseada gana terreno de forma silenciosa, la adopción o compra de un perro actúa como un rompehielos social de enorme eficacia.

La escena se repite en cualquier barrio. Lo que empieza con un cruce de miradas mientras dos canes se saludan deriva en un comentario sobre el clima, la política local o los horarios del veterinario. Con el paso de las semanas, esos breves intercambios ganan profundidad. Se comparten confidencias sobre la salud, problemas familiares o apuros económicos. De ahí a organizar meriendas perrunas, crear grupos de contacto o incluso consolidar relaciones de pareja solo hay un paso.

El mito del Doctor Dolittle hablaba de entender el lenguaje animal; la realidad del ‘Comuni-can’ demuestra algo más terrenal pero igualmente valioso: el animal como facilitador del lenguaje humano. Expresiones cotidianas como «mi perro me hace mucha compañía, aunque vivo sola», «nos conocemos tú y yo gracias a nuestras mascotas» o «quedar cada día en el parque es el momento más deseado» resumen una realidad donde los animales actúan como verdaderos puentes emocionales entre desconocidos.

En un entorno digital que paradójicamente aisla, volver a la conversación presencial a través del paseo diario recuerda que la empatía más básica sigue necesitando espacio público, rutina y un motivo común para romper el hielo.

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