A veces, para entender un siglo entero, basta con mirar a los lados de una misma calle. No hace falta acudir a densos estudios sociológicos ni a estadísticas de rectorado. La respuesta está en el aire, en el gesto, en la postura. Ocurrió hace unos días en un rincón cualquiera de El Bierzo, esa bendita comarca leonesa donde la primavera se despide con el rojo encendido de sus frutales. La estampa era un díptico perfecto, casi doloroso, de la España que somos y de la que corremos el riesgo de ser.
A un lado de la estampa, el sordo rumor de la vida real. Un grupo de mayores, curtidos por los inviernos y con esa ligereza que solo da el saberse de vuelta de todo, recolectaba cerezas. Había allí un despliegue de salud comunitaria que ya quisieran los manuales modernos de psicología: las manos agrietadas que eligen la fruta con precisión artesana, las escaleras de madera apoyadas en el tronco, el chascarrillo que vuela de una rama a otra y la risa espontánea que alivia el peso de la jornada. Esos abuelos no solo cogían fruta; estaban haciendo tejido social, ejercitando la memoria viva, habitando el mundo con los cinco sentidos puestos en la tarea y en el prójimo. Pertenencia pura.
Al otro lado, sentados a la sombra de un castaño, sus nietos. Cuatro o cinco jóvenes físicamente pegados, pero a años luz de distancia los unos de los otros. Hombros caídos, cuellos doblados en un ángulo antinatural y el rostro iluminado por el frío resplandor azul de una pantalla táctil. Físicamente estaban en El Bierzo, pero sus mentes vagaban por los algoritmos de una red social con sede en California. Estaban juntos, sí, pero sumidos en una alarmante ausencia de vida social. Nadie miraba al de al lado, nadie comentaba el dulzor de la cosecha, nadie se percataba del paisaje. El silencio entre ellos solo se rompía por el crujido digital de un scroll infinito.
El contraste asusta porque evidencia un salto evolutivo que no mide el progreso, sino el aislamiento. Hemos pasado de una generación que necesitaba tocar, hablar y compartir para certificar su existencia, a otra que si no registra la vida en una plataforma digital, siente que no la está viviendo. Los abuelos del Bierzo entienden el tiempo de otra manera: el ritmo lo marca la maduración del árbol, la conversación con el vecino y el esfuerzo compartido. Saben lo que cuesta recoger lo sembrado. Los nietos, en cambio, se han educado en la tiranía de la inmediatez, en el estímulo rápido que atrofia la capacidad de aburrirse, de contemplar y de conversar.
No se trata de caer en la trampa de la nostalgia barata ni de demonizar la tecnología; sería absurdo e hipócrita por mi parte como periodista que vive pegado a las redes. El móvil es una herramienta formidable, pero cuando la herramienta pasa a poseer al operario, tenemos un problema. Cuando el intercambio de miradas se sustituye por emoticonos y el murmullo de una tarde de campo es devorado por el silencio de una adicción colectiva, la sociedad se debilita.
Esos mayores que hoy estiran el brazo para alcanzar la cereza más alta nos están regalando la última gran lección de su vida. Nos están diciendo que la felicidad y la verdadera red social no se programan, ni llevan algoritmos, ni se guardan en el bolsillo. Se labran con el de al lado, se tocan con las manos y huelen a tierra. Ojalá los jóvenes levanten la cabeza de la pantalla antes de que los árboles se queden vacíos y ya no quede nadie a quien preguntar cómo se recogía la vida.
Autor: Belen Aren
