Desde hace 24 años, cada 15 de febrero el mundo se tiñe de dorado para conmemorar el Día Internacional del Cáncer Infantil. Pero para la madre de Aitana García, paciente de sarcoma de Ewing metastásico desde hace tres años, la efeméride no es un dato estadístico, sino una realidad que se mide en noches de hospital, nudos en la garganta y una esperanza que se empeña en no morir.
«Desde hace 24 años cada 15 de febrero se conmemora el día internacional del cáncer infantil. He pasado tantos días en el hospital acompañando a mi hija, paciente oncológica desde hace tres años, que he perdido la cuenta de a cuántos niños he conocido en el camino y a cuantos otros he visto partir.
Das para calmar el miedo de un hijo y la entrega absoluta a profesionales que, armados con ciencia, se convierten en la única familia posible en el pasillo de oncología.
Hemos visitado tantos especialistas, tantas consultas que me he olvidado muchas veces de lo que me ha dicho cada quién, en mi corazón solo hay esperanza, tanta que no soy consciente que el cáncer infantil afecta a más de 300.000 niños y adolescentes anualmente alrededor del mundo.
He sujetado la mano de mi hija tantas veces en un quirófano hasta que se duerma que el nudo en la garganta y la sonrisa que le muestro se han fundido en un amasijo amargo que aunque duela, otra vez guarda la esperanza de que esa cirugía, biopsia o procedimiento salga bien.
La he visto despertar con más cicatrices en su cuerpo, que he deseado cambiar su suerte por la mía, pero la vida me ha dicho que lo mas que puedo hacer es darle amor y he tenido que juntar mis pedacitos para sostenerla y acompañarla en lo que nos tocó.
He confiado a mi hija a profesionales desconocidos que hacen ciencia, cuidan, sanan y se vuelven parte de una realidad a la que a veces no se quiere pertenecer, pero al mismo tiempo agradeces su presencia y su labor.
Hemos probado múltiples tratamientos, todos sin garantía de que puedan funcionar porque para el cáncer de mi hija como para el de miles de niños más no hay cura como tal, pero ahí vamos otra vez con la esperanza a cuestas porque por un hijo se hace lo imposible, lo que cuesta y lo que no.
Me he aferrado a lo desconocido, a lo divino, a ese ser etéreo que siempre está cuando solo soy yo y mis pensamientos al final de la noche y aunque siga sin entender el propósito me ayuda a mantenerme de pie y con cordura. A él también le confió a mi hija y aunque no entienda por qués me da calma, que ya es bastante para cuando eres la mamá de un niño con cáncer.
Me he hecho amiga de la muerte, cada día me susurra que es un día mas y también un dia menos, que aproveche la vida y ame fuerte, la he visto llevarse a muchos niños antes de tiempo y he sentido rabia por ello. Cada día soy más consciente de lo que realmente importa en este plano y me da mas rabia saber que el cáncer de mi hija es quien me lo ha enseñado.
He visto a mi hija, a sus amigos de hospital y a muchos niños sufrir, cambiar el parque por hospitales, las chuches por los tratamientos, las cosquillas por los pinchazos. la alegría por el miedo, los he visto mutilados, sin pelo, con dolor, madurando antes de tiempo, hablando entre ellos de que es mejor el pinchazo que morir y me he preguntado muchas veces que han hecho para merecer esto.
El cáncer duele, duele en lo físico y en donde no se puede tocar y si es infantil duele mucho más. Es esa parte oscura de la vida que no vas a entender, pero que quieres que un día llegue a desaparecer.
Soy madre de Aitana Garcia, diagnosticada con sarcoma de Ewing metastásico, pero mientras escribo soy mamá de todos los niños y adolescentes afectados con cáncer infantil,.
Soy mamá de los que están y de los que nos miran desde arriba, de los que siguen luchando, de los que se les ha negado tratamientos, de los que desahuciados han vuelto a nacer, de los que se han curado, de los que piden más investigación, de los que esperan un donante, de los que lo han conseguido. De los que sonríen y de los que lloran, de los que no pueden volver al cole y no pueden juntarse con amigos, de los que van en silla de ruedas, llevan una prótesis o no volverán a caminar.
De los que no pueden crecer, de los que han perdido un riñón, un ovario como Aitana, de los que se han quedado ciegos, sordos o sin rostro. De los que han engordado llenos de corticoides, de los que no quieren comer y pierden peso, de los que llevan sondas, de los que se les cae la piel, de los que tienen llagas y no pueden tragar por el dolor, de los que vomitan y les molestan los olores, de los que no pueden dormir, de los que sufren dolores articulares, musculares de los que tienen secuelas para toda la vida, de los que la estadística no les da más de 5 años de vida, soy mamá de todos, de los que a pesar de todo no pierden la sonrisa y se convierten en maestros infinitos de sabiduría, soy mamá de todos ellos porque como reza Eloy Blanco,
“ Cuando se es madre, todos los hijos del mundo son tuyos”
Gracias Denisse Gerrero por compartir tu historia y la de Aitana.
