El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, celebraba recientemente que la subida del precio del petróleo —consecuencia directa de la guerra en Irán y el consiguiente bloqueo del estrecho de Ormuz— traería «mucho dinero» a su país. Sin embargo, la realidad geopolítica y los mercados energéticos están trazando un panorama muy distinto: la ofensiva conjunta estadounidense-israelí ha generado un daño colateral que beneficia directamente a su mayor adversario geoestratégico, Rusia.
Rusia, la gran beneficiada del colapso en Oriente Medio
Hasta hace escasas semanas, la campaña de presión de la Casa Blanca, basada en aranceles y sanciones a las petroleras rusas, parecía dar sus frutos. India había comenzado a reducir sus importaciones desde Moscú para priorizar el crudo de Oriente Medio.
El escenario ha cambiado drásticamente con el cierre efectivo del estrecho de Ormuz, la principal arteria mundial de hidrocarburos. Este bloqueo ha provocado dos consecuencias inmediatas:
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El precio se dispara: El barril de crudo ha superado la barrera de los 100 dólares por primera vez desde el año 2022.
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Giro forzoso de Asia: Ante la parálisis de los suministros del Golfo Pérsico, tanto India (la economía de mayor crecimiento del mundo con 1.400 millones de habitantes) como China se han visto obligadas a recurrir de nuevo, y de forma masiva, al mercado ruso para garantizar su supervivencia energética y económica.
Esta dependencia forzada significa que los dos países más poblados del planeta están inyectando miles de millones en la economía de Vladímir Putin; un capital que Moscú podrá utilizar para financiar sus campañas militares en Ucrania, logrando exactamente lo contrario de lo que buscaban las potencias occidentales.
El giro forzado de Estados Unidos: exenciones al crudo ruso
La asfixia del mercado ha sido de tal magnitud que ha obligado a Washington a recular en su política de aislamiento. Reconociendo la situación crítica de Nueva Delhi, la semana pasada el Tesoro estadounidense otorgó a las refinerías indias una exención excepcional de 30 días para poder comprar petróleo ruso que se encontraba varado en el mar.
El secretario del Tesoro de EEUU, Scott Bessent, justificó esta polémica medida en términos de estabilidad global:
«El objetivo es permitir que el petróleo siga fluyendo hacia el mercado global para evitar un colapso total de los precios y de la cadena de suministro.»
Este permiso, no obstante, echa por tierra meses de intensas presiones diplomáticas de la Casa Blanca destinadas a agotar el fondo de guerra de Putin. En la práctica, la crisis en el estrecho de Ormuz ha demostrado que, en un mercado energético globalizado y bajo tensión extrema, las sanciones occidentales pueden acabar volviéndose en contra de sus propios creadores.