El solitario camino del querer saber

Recuerdo hace unos años cuando decidí enfocar mi interés intelectual en las Humanidades. Todo empezó con un profesor de Filosofía que me hizo darme cuenta de dos cosas: la primera, ver la multitud de aplicaciones que tiene para la vida cotidiana conocer pensadores como Platón, Descartes o Kant. Y la segunda, la soledad que conlleva escoger ese camino.

Ya desde entonces, con 16 años recuerdo que en un curso de unos 50 estudiantes, solo tres habíamos escogido estudiar esa materia.

En el recreo mientras otros se deleitaban con actividades lúdicas para desestresarse de las clases, una compañera y yo debatíamos con fervor sobre el mito de la Caverna.

Las cosas no han cambiado demasiado desde entonces.

Ahora hay multitud de temas sobre los que debatir, véase: política, fútbol, moda, famosos, culto al cuerpo, etc.

Incluso el sexo es ahora mejor visto como tema de conversación que las disertaciones filosóficas que hicieron de las escuelas de la Antigua Grecia su bandera y su pasión.

Una de las frases de aquella época que hoy en día se han desvirtuado es la de “mens sana in corpore sano”. Su sentido original postulaba la idea de la necesidad de orar (lo que hoy llamaríamos reflexionar) para disponer de un espíritu equilibrado en un cuerpo equilibrado. Pero bien sabemos que los que gimnasios se han olvidado, deliberadamente o no, de que la parte fundamental de una paz interior no es tener los mejores músculos sino hay una mente cabal que lo ampare.

He sido, a veces espectadora y a veces víctima, de lo que supone intentar dialogar sobre temas como el estoicismo, la dualidad de la mente o la posibilidad de que realmente exista el concepto de Gaia.

Se nos considera frikis, raros, fuera de nuestro tiempo. Salvo en círculos muy concretos y algunas veces elitistas, preguntarse el por qué de la vida, de nuestro paso por este mundo y de la necesidad de despertar algunas conciencias se ha convertido en una misión cuanto menos imposible.

La necesidad de trascender en esta vida no proviene del éxito económico o social y cuanto antes nos demos cuenta de que estamos perdiendo los valores que nos hicieron humanos, con inteligencia para reflexionar del mundo, del hombre y sus avatares, más cerca estaremos de que esa trascendencia sea real y pura.

 

 

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